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Tom no era buen alumno, de hecho era un alumno bastante malo: interrumpía a los profesores constantemente, no le gustaban para nada las matemáticas y ni siquiera llevaba cuaderno y lapicera a clase. Ocurre que cuando estaba en sexto grado, a principios de la década de los ‘90, sus padres se separaron. Como a todo chico de once años, ese hecho lo deprimió sobremanera, pero a la vez lo hizo llegar a una conclusión bastante curiosa para su edad: al sentirse tan desamparado, concluyó que debía obtener sus propios ingresos y no depender de nadie.
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