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El pasado lunes todo transcurría según la rutina diaria. Yarleny Arias, una colombiana de 16 años, salió de su instituto para recoger a sus sobrinos Jefferson, de doce años, Anderson de siete y Santiago, de tres.
Se subieron al autobús de la ruta diez para volver a casa. El vehículo iba atestado de gente y un grupo de cuatro adultos comentaba en voz alta: “los extranjeros son todos unos ladrones que nos vienen a quitar las ayudas, no entiendo por qué la policía no se los lleva a todos”.
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