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Su venta ha pasado de los 2.000 millones de litros a principios de los noventa a 5.600 millones en 2008 (somos el tercer país consumidor en la UE). Y como consecuencia usamos unos 5.000 millones de botellas de plástico (el material más usual) para ese fin. Súmese similar incremento (o mayor, como sucede en EE UU) en otros países del mundo, incluidos los que están en vías de desarrollo, verdaderos caramelos para el futuro de la industria, y se entenderá por qué el pasado 11 de marzo casi un centenar de municipios, colegios y universidades en Canadá celebraron el Día Sin Agua Embotellada al grito de "deshazte de la botella de agua y abre el grifo" o "hace una década el agua embotellada era una novedad, ahora parece una necesidad" (ver www.journeesansbouteilles.ca). O por qué otros han ido aún más lejos: la ciudad de Bundanoon (Australia), por ejemplo, fue en 2009 pionera en prohibir la venta de agua embotellada en su demarcación a iniciativa del grupo Do Something. "Es una cuestión moral", afirmaban. "Las ventas son fantásticas para la industria de bebidas, un maravilloso negocio de marketing conseguir convencer a la gente que pague 3,50 libras por algo que fluye del grifo".
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